miércoles, 14 de noviembre de 2007

Las gafas de Mendrugo

El esfuerzo era notable. Cada vez que Mendrugo encaraba una tarea se encontraba con el mismo problema: la comunicación. Siempre habría un niño que le exigiese. Debía pasar del griego clásico al arameo, de éste al latín de Roma, luego al maltés y al hebreo y así sucesivamente. Conocer todos los idiomas era innato en Mendrugo, distinguirlos y separarlos era otra cosa. Con el árabe se liaba más que con otros, aunque la variedad de dialectos hablados en China era caso a parte. El batiburrillo que formaba con todos ellos era inextricable para el niño cantonés, al que podía suceder otro que hablara el mandarín y más tarde el hui.
..... Y fue allá por el siglo X de esta era que Mendrugo sintió la necesidad de ponérselo más fácil a los chiquillos. Lo de menos era el esfuerzo que él tenía que hacer, al final siempre terminaba por centrarse, pero hasta ese momento el diálogo sufría.
..... Un día, sentado en la orilla de un río, observó la noria de un molino. Cada cangilón, en su movimiento rotatorio, cogía el agua que le cabía, lo soltaba en la artificial acequia y volvía a por más. En ese trabajo circular y en equipo, el eje al que estaba fijada la gran rueda transmitía su movimiento a la piedra de moler. Como quiera que se distraía con un niño que hablaba el pínghuà, jugando con los colores de objetos translúcidos que había coleccionado para la ocasión, y como estaban en plena época de lluvias, las nubes comenzaron su goteo al otro lado del río. La tarde era calma, no había viento. El sol que, también les acompañaba y les daba en la espalda, quiso inmiscuirse en el juego, y por su tozudez y el manso caer de las uniformes gotas se formó el arco iris. Con él se dibujó la alegría en los rostros de los dos jugadores, y una idea en la cabeza de Mendrugo.
..... —Mira, Joaquin, si…
..... —No me llamo Hoaqin, me llamo Goqing, Mendrugo —dijo el niño con paciencia.
..... —Pues mira, Goquing, si observas el regenboog a través de este objeto violeta, ese color desaparece del arco.
..... —¿Regen qué?
..... —Regenboog —repitió Mendrugo siguiendo el brillante arco dibujado en el cielo con el dedo—. ¿No lo ves?
..... —Claro que lo veo, pero eso no es un regebook, es el arco iris.
..... —Eso, eso, el arco iris. Regenboog es una palabra neerlandesa, perdona.
..... —A ver… —Goqing miró a través del trozo de vidrio—. Es verdad. También haces desaparecer colores.
..... —No, no soy yo. El color del cristal por el que se mira matiza el objeto mirado. Solo es eso.
..... —¿Y dónde está el caldero?
..... —¿Qué caldero?
..... —El del oro que brilla.
..... —No, Goquing, eso es una bonita leyenda. El arco iris es la alegría del sol y el agua al jugar juntas. Es el guiño de la naturaleza que quiere que nosotros participemos. Sabes, los rayos del sol se meten en las gotas, las hacen cosquilla, y el agua los empuja y hace que se abran en un abanico de colores.
..... —¿Tú lo sabes todo?
..... —No. Yo sé lo que tú sabes y lo que saben todos los niños.
..... —Entonces, sabes poco.
..... —Mira tú, paso del conocimiento absoluto al desconocimiento total. ¿Qué te parece?
..... La conversación siguió, pero en la memoria de Mendrugo quedó almacenado un dato que no tenía nada que ver con el arco iris, regenboog, rainbow o cualquier palabra en cualquier idioma que define el juego del sol con la lluvia. Aunque, la verdad, algo sí tenía que ver, pues Mendrugo observó que mientras miraba por el trozo de cristal violeta, no se equivocaba de idioma.
..... Al día siguiente, con ese dato en la cabeza y como la forma y el tamaño del cristal se lo permitieron, se lo encajo en la cuenca de su ojo derecho (más de una vez se le caería) y notó que en la conversación con Goquing no se equivocó ni una sola vez. Así descubrió Mendrugo, que los cristales de colores no solo servían para modificar los objetos mirados, sino también para mejorar su capacidad de concentración en el idioma que debía hablar.
..... Con el tiempo conseguiría atesorar vidrios de todos los colores, catalogarlos y relacionarlos con un idioma. La ocupación le llevo siglos, pero Mendrugo ni lo notó. Y así, jugando un día en Italia con Leonardo, un niño florentino de Anchiano, muy despierto y avispado, éste le propuso construir una máquina que le facilitara la búsqueda del cristal a través de su referencia idiomática. También fue Leonardo quien le propuso montar los cristales sobre un armazón que se sujetaría en la nariz y en las orejas de Mendrugo. Y a ello se pusieron, y con ello se divirtieron. Y con ello acabó uno de los problemillas que Mendrugo siempre había tenido.

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